UNA PRINCESA EN BERLÍNFui a Berlín porque era barato. En realidad, el viaje empezó
en París, la noche en que me citó el abogado de mi padre.
No, no es exacto. No me citó. Me envió un amable mensaje
por neumático, invitándome a cenar en el Grand Véfour.
Grand Véfour, un lugar encantador: espejos, pinturas sobre
vidrio, banquetas de terciopelo rojo y ventanales que daban directamente
a los jardines del Palais Royal. La cena fue magnífica.
No pude por menos que preguntarme si la factura se cargaría
de alguna forma a la cuenta de mi padre –sabiendo que yo
hubiera podido vivir un mes con lo que costaba–, pero aquello
no tenía importancia porque George Graham había pedido un
par de martinis muy secos en el momento de sentarnos.
Yo estaba conmovido. Hacía un año, en Filadelfia, nadie me
hubiera permitido acercarme siquiera a un martini, y esto nada
tenía que ver con la Ley Seca.
George Graham es el socio más simpático de Conyers &
Dean, la firma que siempre se ha cuidado de los asuntos jurídicos
de mi familia. Debía de tener un poco más de cuarenta años
entonces y era de lo más eficaz, uno de los mejores de su firma
y de su profesión. ¿Y qué era yo? ¿Un inválido convaleciente?
¿Un aspirante a pintor? ¿O un vago que prefería las aceras de
Montparnasse a la sección de títulos y obligaciones de Drexel &
Co.?
–Salud –dijo George Graham alzando su martini.
–Salud –dije, levantando el mío.
George Graham tenía unos bondadosos ojos azules. Siempre
lo enviaban a él cuando querían ser amables. Yo sabía muy bien
qué iba a decirme.
–Peter, la guerra terminó hace cuatro años –empezó.
–Cinco para mí, señor Graham. Me enviaron a casa en abril
del 17.
–Lo sé, Peter. Y estabas en..., bueno, en un estado lamentable.
–¿Estado lamentable? ¡Estaba atado a la cama! Me daban
tanta morfina que dormí desde Brest hasta Hoboken. No sabía
el día que era. ¡No sabía en qué mes estábamos!
–¡Te recuperaste espléndidamente, muchacho!
–Y pinté las azaleas del Hospital de los Cuáqueros.
–Los médicos hicieron un trabajo maravilloso. Y tú también.
Has recuperado el control.
–Bueno, puedo llevarme una copa a los labios sin derramarla.
Lo hice para poder acabar la cena en casa sin echarme a
llorar.
–Peter, estás aquí sentado, bebiendo un martini y discutiendo
este tema penoso sin perder el control. Estás completamente
recuperado. Lo dicen todos los médicos. Y tus cuadros..., el
boceto que hiciste de Walter Smith es tan bueno que hemos
pensado encargarte un verdadero retrato, para la oficina.
–... Así que quieren que vuelva a casa y me dedique a la venta
de títulos.
–¡En absoluto! –Dejó su copa y se inclinó hacia delante–.
Peter, tus padres quieren que completes tu educación. Dejaste la
universidad en el primer año, ¿no? No tienes nada con que ganarte
la vida. Vender títulos fue tan sólo una oportunidad que
te ofreció uno de los pacientes de tu padre, pero no es eso..., tú
sabes lo que quiere realmente tu padre.
Sabía lo que quería. Es el cirujano más famoso de Filadelfia,
como lo fue su padre, y también su abuelo. Pueden verse sus re-
tratos en los pasillos del Hospital de la Universidad. Quizá no
los mejores cirujanos, pero sí los más conocidos. La gente se sentía
mejor con sólo mencionar su apellido.
Cuando abandoné Harvard para entrar en el American Field
Service, mis padres quedaron encantados. Ambulancias, soldados
heridos, obviamente un paso en el buen camino. Por supuesto,
yo no lo hacía con el ánimo de auxiliar a los heridos.
Era psicología de masas.
Es difícil reconstruir el espíritu de aquellos tiempos, pero
nos abrumaba: los hunos estaban ultrajando a Bélgica y avanzaban
hacia París. A los niños les cortaban las manos con las bayonetas;
algunos norteamericanos que vivían en Neuilly compraron
ambulancias y pidieron chóferes norteamericanos. La
situación se caldeó, especialmente en las universidades. En Harvard
entraron con una ambulancia en el<