LA FLOR DEL DIABLOMEDIDAS, SISTEMA MONETARIO,
PODER ADQUISITIVO Y
SALARIOS EN LOS PAÍSES BAJOS DEL SIGLO XVII
· Pie: un pie equivale aproximadamente a treinta
centímetros.
· Braza: una braza corresponde a seis pies.
· Pfennig: el pfennig constituía la menor unidad de
cálculo en la composición de los precios; sin embargo, no se
acuñaba ninguna moneda correspondiente. En aquellos tiempos
circulaban monedas procedentes de los países más diversos,
sobre todo en un polo de comercio global como Ámsterdam.
· Stuyver: un stuyver equivale a doce pfennigs.
· Florín: un florín se compone de veinte stuyvers.
Una jarra de cerveza costaba aproximadamente lo
que una libreta de pan, es decir, medio stuyver. El precio de
una jarra de medio litro como recipiente (sin cerveza) ascendía
a quince stuyvers. Una sábana costaba seis stuyvers y
medio; una mesa, tres florines.
Un obrero cualificado cobraba al año 150 florines; un
maestro o predicador, 200 florines; un fabricante de paños,
250 florines; un comerciante mediano, 1500 florines; y uno
mayor, el doble.
Esto tan sólo son valores orientativos, lo realmente
importante fueron el tiempo y el lugar. Una ciudad como
Ámsterdam debió de ser un lugar bastante más caro con respecto
a gran parte del resto de los Países Bajos.
EL TULIPÁN Y LOS NEERLANDESES
Se cree que los primeros bulbos de tulipán arribaron
a los Países Bajos en 1562, más bien de manera fortuita,
procedentes del Imperio Otomano. A bordo de un barco
mercante, por alguna razón que se desconoce, atrapados
entre fardos de paños. El sorprendido mercader de paños
hizo lo que normalmente suele hacerse con las cebollas:
ordenar que una parte de la inesperada mercancía se la
sirvieran asada y aliñada con aceite y vinagre. Éste quedó
tan complacido por el plato que enterró los demás bulbos en
su huerto para poder comer más de ellos al año siguiente.
Sin embargo, eso nunca iba a ocurrir, pues sus bancales le
iban a sorprender en primavera con un maravilloso jardín
multicolor de tulipanes (así al menos lo pretende la tradición
oral).
La realidad es que el tulipán llegó Europa procedente
del espacio de influencia otomana a lo largo del siglo XVI, y
comenzó a expandirse con gran celeridad. En 1570 fue visto
en Augsburgo, dos años más tarde en Viena, en 1582 en
Inglaterra, en 1593 en Frankfurt, en 1598 en el sur de
Francia. El tulipán halló amigos y entusiastas por doquier,
no tanto como alimento (a pesar de que se piensa que al
estudioso Carolus Clusius le encantaba ingerirlo confitado
en azúcar), sino por su belleza. Sus adeptos quedaban encandilados
por la amplia variedad de sus formas y en especial
por sus colores, pero sobre todo por el hecho de que los
bulbos en ocasiones ofrecían ejemplares totalmente nuevos
de pétalos.
Especialmente obsesionados por el tulipán se mostraban
los neerlandeses, a quienes el mencionado estudioso Clusius
acercó esta flor en el año 1593, cuando aceptó el cargo como
profesor de botánica en la Universidad de Leiden. Los talentosos
neerlandeses no tardaron en convertir su pasión en un
negocio, y durante las siguientes décadas el comercio con los
bulbos de tulipán comenzó a registrar dimensiones insospechadas;
el país entero sucumbió ante una auténtica tulipomanía.
Por un solo bulbo de las variedades más escasas, las
cuales se caracterizaban por una forma especialmente rara,
se iban a pagar pronto mil, más tarde cinco mil, e incluso
diez mil florines. Por esta suma hubiera sido posible adquirir
una exquisita casa en el mejor lugar en el centro de Ámsterdam,
frente a los canales.
Sin embargo, en 1637, la tulipomanía iba a hallar su
inesperado fin cuando la demanda ya no igualaba la oferta.
Un número cada vez mayor de especuladores que se habían
enriquecido a través de la venta de bulbos, sin éstos siquiera
llegar a sus propias manos, se quedaron sentados sobre sus
haberes adquiridos a precios ind