EL LIBRO DE LOS PADRESEl mundo despierta. Fragancias de verdor sobrevuelan la tierra y
traen consigo esperanzas de primavera. Los tallos asoman por
los surcos. En las plantas salen los primeros brotes. Un desfile de
tiernas espigas se adueña de valles y praderas. Arbustos de forsitia
extienden su oro por los repechos del terreno montuoso. Las
ramas de los nogales que han sobrevivido al invierno aún están
frías; cargadas con nuevo follaje se mecen con nostalgia en el cielo
cristalino.
El municipio de Kos de Hungría fue saqueado poco después de haber nosotros
llegado allí, en la víspera de San Jorge del año del Señor 1705, como
también ocurrió en cinco ocasiones durante 1706, tres de ellas a manos de
los Kurucz de Rákóczi y dos a manos de las tropas de Labancz del emperador.
De las setenta y cuatro fincas casi una tercera parte fue incendiada o
devastada y acabó en ruinas, y otro tercio quedó abandonado, puesto que
sus moradores dexaron atrás casa y corte para huir a los pacíficos campos.
Deste modo fueron del todo supressos el júbilo y la industriosa pujanza
del lugar. Agro y pastos quedaron sin cuidado alguno, el ganado diezmóse.
Quando passamos la primera noche bajo nuestro buen techo, mi nieto
Cornelius preguntóme, aún en alemán, si habría de passar mucho tiempo
antes de regressar a casa…, lo que nosotros también seguimos questionándonos.
Así empezaban las anotaciones del abuelo Czuczor en el diario encuadernado
en tela que le había regalado su hija Zsuzsánna. Se desenvolvía
con igual soltura en las lenguas alemana, eslovaca y húngara, pero siempre
había escrito en la primera. En cuanto volvió a tierras magiares decidió retomar
los apuntes en su lengua materna. A buen seguro que deseaba que
su nieto Cornelius los pudiera leer en cuanto se hiciera mayor. Los tres llegaron
en un carromato con toldo desde Baviera, adonde el abuelo Czuczor
y su hermano habían huido y donde se habían establecido tras el escándalo
por el complot Wesselényi, denominado así por el apellido del
principal conspirador. Los hermanos Czuczor siempre mantuvieron que
no les unía relación alguna con los sediciosos; pero fue inútil, los incriminaron
con cartas falsificadas y fueron requeridos ante la justicia, les confiscaron
las propiedades y tal vez les habría costado la cabeza si no hubieran
huido raudos del país. Vivir en el extranjero les brindó la oportunidad de
aprender el oficio de impresor y encuadernador, y de fundar un taller. A la
postre se dedicaron a componer remiendos. En el registro de artesanos de
Thüningen se inscribieron como los Gebrüder Czuczor.
El abuelo nunca pudo adaptarse al viento y las tormentas de la región,
ni tampoco a sus gentes sedientas de cerveza; receloso, culpó a los
bávaros de los frecuentes fallecimientos en la familia. No fue ninguna
sorpresa, pues, que en cuanto tuvo noticia del edicto del príncipe regente
se precipitara al taller, donde encontró a su hermano ordenando las
regletas. «¡Ya podemos ir preparando los hatillos!», le gritó desde la escalera.
Le mostró un ejemplar ajado de la gaceta en latín Mercurius Hungaricus.
«Podemos regresar e instalarnos en alguna de las villas húngaras
que han quedado despobladas.»
No ha habido nada que moviesse a mi hermano a volver a nuestro hogar.
Ha preferido quedarse en Thüningen, donde tenía ya las costumbres
adquiridas, y continuar con el tallér. Desde entonces no hemos tenido noticias
dél. Zsuzsánna siente gran preocupación por el pequeño Cornelius: corren
tiempos de urgencias y el niño —que apenas cuenta cuatro años— no
come lo que le es necessário, hay escasséz de huevos y carne.
Tras una tortuosa travesía volvieron a su país y se establecieron, más
mal que bien, en la finca que les había tocado en gracia y que se encontraba
en un extremo de Kos. En el acto, el abuelo Czuczor enterró detrás
de los rosales de la parte trasera del huerto el dinero que había llevado
consigo, y no confió el