EL DISCIPULO: JESUS, EL HOMBRE QUE NUNCA FUE DIOS Iesus
Porque Yahvé escucha a los pobres,
y no desprecia a sus cautivos.
¡Alábenlo los cielos y la tierra, el mar y cuanto bulle en él!
Pues Dios salvará a Sión, reconstruirá los poblados de Judá:
la habitarán y la poseerán; la heredará la estirpe de sus siervos,
y en ella vivirán los que aman su nombre.
SALMO 69
Éfeso, c. 85 d.C.
Juan mira distraídamente por el ventanal, la vista fija
en el Artemisión, aunque a su edad, sobrepasados ya los
setenta años, poco más que una mancha borrosa distingue
en la lejanía. Los mármoles de aquel templo y la
verde ladera del monte Coreso que le sirve de fondo le
parecen una misma cosa. Tampoco es que le importe
mucho: ha visto demasiados ídolos a lo largo de su vida,
y su cabeza está más pendiente de la voz que escucha en
esa misma sala. Es la voz de Lucas, un anciano ciego cuyos
ojos supuran por alguna desconocida infección que
ni siquiera la sapiencia médica del enfermo ha conseguido
frenar.
Y es que Lucas parece empeñado en construir un nuevo
templo con su voz. Un templo muy distinto al que
más allá del río Cestro se alza en honor de Artemisa para
hacer de esta ciudad motivo de envidia entre los paganos
en todos los confines del Imperio. Un templo, el de Lucas,
que no necesita de maestros constructores, ni de piedra
ni argamasa. Un santuario que puede ser levantado
entre las cuatro paredes de una cómoda vivienda con el
único poder de la palabra.
—El niño crecía y se desarrollaba mientras iba adquiriendo
sabiduría, y sobre él se manifestaban las complacencias
de Dios —dicta Lucas, y un escribano de mediana
edad transcribe sus frases sobre el papiro con sumisa
complacencia.
—No quieras contar lo que no fue —le interrumpe
Juan sin la menor concesión a la cortesía.
—Quiero que mi Evangelio sea digno de reflejar la
grandeza de aquellos acontecimientos, y supere y enmiende
algunas de las cosas ya escritas por Marcos y por Mateo.
—Discípulos ambos, como tú, de Saulo de Tarso, ese
que se hizo llamar Pablo; así que nada espero de vuestros
relatos, poco fieles a lo que en verdad fue la vida de Jesús.
—Ninguno de nosotros tuvo la dicha de haber compartido
sus días, Juan. ¡Qué bienaventurado eres por haber
vivido al lado de Jesús, nuestro Señor, y haber enriquecido
tu alma con sus palabras!
—Palabras muy distintas a las que vosotros inventáis.
—Mi maestro Pablo, y también nosotros, sus discípulos,
vemos a Jesús como un profeta inocente, pacífico,
misericordioso... El pregonero del reino de Dios que ya
ha comenzado a germinar en nuestros corazones.
El escribano observa la discusión con rostro impasible.
Estira el papiro, y con la boca afila una pluma de junco
pendiente de la respuesta de Juan el Discípulo, como
todos llaman al reciente huésped de su maestro Lucas.
Una respuesta que suena a agrio reproche:
—¿Qué sabrás tú del reino de Dios?
—Lo que nos ha sido enseñado por el Cristo, el Ungido.
Un reino espiritual, alejado de los ruidos del siglo y
de la carne. Un reino que no es de este mundo. Todo estaba
previsto así, anunciado y predicho desde el principio:
Jesús es el centro del tiempo.
—Ésas no son más que patrañas. Mentiras inventadas
por Pablo para atraer la atención de algunos judíos y, sobre
todo, de los gentiles como tú. Simón y Jacobo, el hermano
de Jesús, expulsaron a patadas de Jerusalén a tu
maestro cuando fue a venderles esta religión que habéis
inventado.
—No, no es invento. —Lucas bracea en dirección a la
voz de Juan, como si quisiera apartar de su nariz un impertinente
insecto.
—Mira, si no, el comienzo de tu Evangelio: ¿de qué
Espíritu hablas que engendró a Jesús en el vientre de
María?
—Del Espíritu de Dios.
—Yahvé Adonai engendrando en una mujer, en una
virgen. ¿Qué aberración es ésa? ¿Quieres hacer de María
una nueva Artemisa, el ídolo de oro que adoran los efesios
en aquel templo? La virgen Artemisa. La virgen María.
Eso es