FEDER O EL MARIDO ADINERADO

A Féder, uno de los muchachos con mejor porte de Marsella, lo expulsaron de su casa paterna con

diecisiete años; acababa de cometer una falta gravísima: se había casado con una actriz del Grand-Théâtre.

Su padre, un alemán de moral estricta y también rico comerciante afincado en Marsella desde hacía mucho

tiempo, maldecía cuarenta veces al día la ironía francesa y a Voltaire; y lo que quizás más le indignó del

curioso matrimonio de su hijo fueron ciertas afirmaciones frívolas a la francesa con las que éste intentó

justificarse.

Fiel a la moda, si bien había nacido a doscientas leguas de París, Féder alardeaba de despreciar el

comercio, aparentemente porque era el oficio de su padre; además, como disfrutaba viendo algunos

buenos cuadros antiguos del museo de Marsella y odiaba ciertas mamarrachadas modernas que el

gobierno envía a los museos de provincia, llegó a imaginarse que era artista. Sólo tenía del verdadero

artista el desprecio por el dinero, y aun aquel desprecio se debía sobre todo al horror que le causaba el

trabajo de oficina y los quehaceres de su padre, de los que sólo veía los sinsabores superficiales. Michel

Féder, que proclamaba a todas horas su rechazo a la vanidad y a la frivolidad de los franceses, se guardaba

mucho de confesar ante su hijo los divinos placeres de vanidad que le granjeaban los elogios de sus socios

cuando iban a compartir con él los beneficios de alguna sabrosa especulación que había salido de la

cabeza del viejo alemán. Éste se indignaba con que, a pesar de los sermones morales que les echaba, sus

socios convirtiesen enseguida los beneficios en salidas al campo, en cacerías al aire libre y en otros

disfrutes materiales. Para él, encerrado en la trastienda, un tomo de Steding1 y una gran pipa eran todos

los placeres con los que soñaba; y amasó millones.

Cuando Féder se enamoró de Amélie, una joven actriz de diecisiete años, recién salida del Conservatorio

y muy aplaudida en el papel del Petit Matelot,2 sólo sabía dos cosas: montar a caballo y hacer retratos en

miniatura; aquellos retratos eran de un parecido sorprendente, no se les podía negar dicho mérito, pero ése

era el único mérito que podía justificar las pretensiones del autor. Eran de una fealdad atroz y sólo conseguían

parecerse exagerando los defectos del modelo.

Michel Féder, conocidísimo regente de la casa «Michel Féder y Cía», preconizaba todo el día la igualdad

natural, pero no pudo perdonarle a su único hijo haberse casado con una actriz del tres al cuarto. En vano el

procurador encargado de protestar las letras de cambio dirigidas al negocio le hizo la observación de que el

matrimonio de su hijo lo había oficiado un simple capuchino español (en el Midi francés, aún no se han

tomado la molestia de entender el matrimonio civil); Michel Féder, nacido en Nuremberg y católico a

ultranza, como se suele ser en Baviera, juzgaba indisoluble cualquier matrimonio en el que hubiese

1. Nombre que a Stendhal le gustaba utilizar a menudo para designar en general a los filósofos

alemanes, cuyas teorías difusas no eran muy de su agrado.

2. Le Petit Matelot, («El marinerito»), ópera en un acto, con letra de Pigault-Lebrun, de P.

Gaveaux, estrenada en el teatro de la calle Feydeau en enero de 1796, fue representada en Marsella

durante la estancia de Stendhal en esta ciudad.

intervenido la dignidad del sacramento. La extremada vanidad del filósofo alemán quedó maltrecha sobre todo

por una suerte de dicho provenzal que enseguida se hizo popular en Marsella:

«El señor von Féder, bávaro riquito,

ahora es el suegro de la marinerito».

Ultrajado por aquel nuevo atentado cometido por la ironía francesa, juró que no volvería a ver a su hijo

jamás, le envió mil quinientos francos y la orden de que no se presentase nunca más ante él.

Féder dio saltos de alegría al ver los mil quinientos francos. Con dificultades sin fin había conseguido

reunir, por su cuenta, una cantidad má