PSICOSISNorman Bates oyó el ruido y se sobresaltó.
Sonó como si alguien estuviera golpeando los cristales de
la ventana.
Alzó la vista, apresuradamente, casi dispuesto a levantarse,
y el libro se le resbaló de las manos para ir a caer en su amplio
regazo. Entonces se dio cuenta de que el sonido no era más
que la lluvia. La lluvia de última hora de la tarde azotando la
ventana del salón.
No se había percatado de la llegada de la lluvia, ni del
crepúsculo, pero el salón ya estaba bastante oscuro y alargó
la mano para encender la lámpara antes de continuar con su
lectura.
Era una de esas anticuadas lámparas de mesa, con una
pantalla ornamentada y flecos de cristal. Madre la tenía desde
que él tenía uso de razón y se negaba a deshacerse de ella. A
Norman no le importaba en realidad; llevaba en esa casa los
cuarenta años de su vida y había algo que resultaba bastante
agradable y reconfortante en el hecho de estar rodeado de cosas
familiares. Allí todo estaba y era ordenado; los cambios solo se
producían en el exterior. Y la mayoría de los cambios albergaban
una amenaza potencial. Imaginemos, por ejemplo, que
hubiera estado toda la tarde paseando. Se habría encontrado
en alguna solitaria carretera secundaria o incluso en los
pantanos cuando comenzó a llover y entonces, ¿qué habría
pasado? Se habría calado hasta los huesos y habría tenido que
llegar tambaleándose en la oscuridad hasta casa. En una
circunstancia así uno podía morir de frío y además, ¿quién
quería estar fuera en la oscuridad? Era mucho más agradable
estar allí metido, en el salón, bajo la luz de la lámpara y en
compañía de un buen libro.
La luz brilló sobre su regordeta cara, se reflejó en sus gafas
sin montura y bañó el tono rosado de su cuero cabelludo,
cubierto por un pelo rubio rojizo que estaba empezando a
ralear, cuando inclinó la cabeza para seguir leyendo.
Era un libro verdaderamente fascinante; con razón no se
había dado cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo. Era
El imperio de los Incas, de Victor W. von Hagen, y Norman
nunca había encontrado tanta abundancia de curiosa información,
como por ejemplo, esa descripción de la cachua, o la
danza de la victoria, en la que los guerreros formaban un gran
círculo y se movían y se retorcían como una serpiente. Leyó:
El redoble se efectuaba en lo que había sido el
cuerpo de un enemigo; se le había arrancado la
piel y se le había estirado el vientre para formar
un tambor, y todo el cuerpo actuaba como una caja
acústica mientras de la boca salían unos sonidos
vibrantes; grotesco, pero efectivo.1
Norman sonrió y después se permitió el lujo de un
agradable escalofrío. «Grotesco, pero efectivo.» ¡Sin duda
1 N.: Reproducido con permiso del autor.
tenía que haberlo sido! ¡Desollar a un hombre, vivo
probablemente, y luego estirarle la tripa para usarla como
tambor! ¿Cómo lo hacían? ¿Cómo podían conservar la
carne del cadáver para evitar que se descompusiera? Y en
cualquier caso, ¿qué clase de mentalidad se necesitaba para
concebir semejante idea?
No era el pensamiento más agradable del mundo, pero
cuando Norman entrecerró los ojos, pudo visualizar la escena:
esa multitud de guerreros pintados y desnudos serpenteando
y balanceándose al unísono bajo un cielo salvaje y bañado por
el sol, y el viejo brujo de cuclillas ante ellos, marcando un ritmo
incesante sobre el vientre hinchado y dilatado de un cadáver. La
boca, contraída en una mueca, y probablemente fijada con
huesos a modo de pinzas, estaría abierta y de ella surgiría el
sonido; resonando desde el estómago, subiendo por los orificios
internos consumidos, pasando por la mustia tráquea para
salir amplificado y con fuerza de la garganta muerta.
Durante un momento, Norman pudo casi oírlo y entonces
recordó que la lluvia también tiene su propio ritmo, al igual
que las pisadas...
Lo cierto es que se percató de las pisadas sin ni siquiera oírl