EL SUJETO Nº 1El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho.
Jorge Luis Borges
Aquella mañana de verano, el sol brillaba en lo alto anunciando
un espléndido día. La pequeña, sentada en una silla
de la mesa de la cocina, hacía sus deberes antes de ir a jugar. Balanceaba
sus piernecitas, demasiado cortas para alcanzar el suelo. Su
madre lavaba la lechuga para la ensalada mientras resolvía las dudas
de la pequeña.
—Mami, ¿a que los meses del año son enero, febrero, marzo,
abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre y
diciembre? —preguntaba la niña, sin hacer una pausa para respirar,
orgullosa de sabérselos.
—Sí, cariño.
La madre tarareaba una canción mientras preparaba la comida.
Una larga melena castaña le caía sobre los hombros. Cubierta con un
delantal, la joven mujer, de rostro fino y ojos marrones, vigilaba de
cerca los progresos de su hija. Su pequeña Laura no compartía con
ella el color de pelo ni de ojos. Una coleta recogía la melena rubia de
su hija, y sus ojos verdes estaban fijos en la libreta que tenía delante.
Por un momento, la niña pareció encontrar dificultades en el
cuadernillo de ejercicios, porque torció el gesto y golpeó rítmica-
mente con el lápiz. La madre se acercó a averiguar dónde estaba
el problema.
El cuadernillo desarrollaba el conocimiento de los niños sobre
el tiempo y la forma de medirlo. Esa mañana, la niña repasaba los
meses. El ejercicio consistía en escribir las fechas, que estaban expresadas
numéricamente.
—¿Qué pasa, Laura? —preguntó la madre.
—¿Qué significa esto? —la niña señaló los números 8-5-92.
—Es una forma de escribir las fechas. Lo primero es el día, el
ocho. Lo segundo es el mes, que es el que hace cinco…, que es…
—Mayo —resolvió la niña con rapidez.
—Muy bien, y lo último es el año, que es 1992, pero le quitan los
dos primeros números para hacerlo más fácil —aclaró la madre.
—¡Ah! —dijo Laura, que había comprendido perfectamente
la explicación.
La madre puso a prueba a la niña para comprobar que no le
quedaban dudas al respecto:
—Y si hoy es 7 de agosto de 1991, ¿qué fecha es?
—7 del 8 del 91 —contestó con seguridad la niña.
—Y tú, ¿cuándo naciste?
—El 2 del 9 del 85 —la confianza de la niña aumentó.
—¡Muy bien! —su madre le dio un beso en la frente—. Yo
creo que hoy ya puedes ir a jugar. El abuelo y Luz están en la terraza.
Están con la guitarra.
La madre se quedó observando a su hija un instante. Se quedaba
embobada siempre que contemplaba el rostro de rasgos perfilados
de su pequeña. Parecía un ángel. «Es tan despierta, tan
alegre…», pensaba. Sus dos hijas se habían convertido en el centro
de su existencia y de su felicidad.
La pequeña salió de la cocina corriendo. Aunque por las tardes
disfrutaba bajando a la playa o yendo a las casas de sus amigos para
bañarse en la piscina, por las mañanas prefería quedarse con su
abuelo. La novedad era su hermana pequeña. Era la amiga per-
fecta para sus juegos de verano. El bebé, de veinte meses, ya daba
sus primeros pasos y decía algunas palabras, más que suficientes
para proporcionar divertidos momentos a su familia.
Su abuelo, de sangre andaluza, acumulaba en su rostro arrugas
e historias que contar. Procedente de una familia de agricultores,
aquella villa en la costa mediterránea era el premio a toda una
vida de trabajo y ahora quería compartirla con la familia que le
quedaba.
El padre de las pequeñas no estaba. Cuando Laura preguntaba
por él, su madre contestaba con voz serena y la mirada perdida:
«Se tuvo que marchar». Laura apenas recordaba su rostro, y
no estaba segura de si aún estaba cuando Luz nació.
Sin embargo, la ausencia paterna no era fuente de dolor para la familia.
Su madre se ocupaba de ellas, y pasar las vacaciones en la villa
de su abuelo hacía del verano la estación favorita de la chiquilla.
Su pequeña finca veraniega no tenía piscina, pero todo el
mundo la envidiaba por s