CATARSIS: SOBRE EL PODER CURATIVO DE LA NATURALEZA Y EL ARTEEl nombre de la necesidad es Ananque. La obedecen todos,
incluso los dioses del Olimpo. Ella es la única a quien Homero no dio la forma de una persona, por lo que los antiguos
llegaron a dudar que tuviera rostro. Sólo mostró a su hija, la Moira, que hilaba el destino. En Hesíodo, las Moiras
ya son tres: la primera hila en la rueca, la segunda vigila
la longitud del hilo y la tercera acecha, tijeras en mano. Por encima de ellas, envuelta en un gran misterio, está la que Esquilo denomina «Moira fuerte» y cuyas sentencias son irrevocables: Ananque.
En Grecia, fueron muchos los que ponían en duda la
existencia de los dioses, pero nadie dudó nunca de la existencia
de una red aún más poderosa que ellos. Y eso que era invisible. Su rastro titilante puede apreciarse en el firmamento
bajo la forma de la Vía Láctea y también, fielmente
reproducida en miniatura, alrededor de las caderas
de Afrodita—«donde estaban fabricados todos sus hechizos»—. De este modo, la Vía Láctea—«arrojada como una faja sobre la oscuridad del cielo»—se convirtió
en una ilusión sobre el cuerpo de Afrodita. Como si «una suave faja de engaño se superpusiera al vínculo inflexible
de la necesidad».
Se ha conservado «el relato de un testigo ocular» que recorrió
los senderos celestes y llegó al inicio de la red. Nos lo cuenta Er, el protagonista de una de las leyendas más hermosas,
con la que termina La república de Platón. Le hicieron
falta doce días para alcanzar un lugar desde donde se podía apreciar el Huso de la Necesidad. Se le apareció «la luz extendida a través del cielo y la tierra, luz recta como una columna y semejante, más que a ninguna otra, a la del arco iris, bien que más brillante y más pura». El huso estaba
impulsado por ocho círculos cósmicos. En cada uno de ellos moraba una sirena. Al compás de las rotaciones de aquel huso cósmico, las ocho sirenas cantaban, «y de todas
las voces […] se formaba un acorde». Era allí donde se afanaban las Moiras, las hijas de la inmaculada Necesidad.
Ante ellas, las almas de los muertos que peregrinaban hacia el más allá echaban a suertes la reencarnación que les correspondería después del Juicio. Todo estaba inundado de una claridad que daba origen a la red luminosa.
La red enlaza el cielo con la tierra, y a los entes terrenales
entre sí. Esta unión de todo con todo permanece oculta
a nuestros ojos. Si los seres humanos pudiéramos ver la red a todas horas, no soportaríamos esta imagen. Enseguida
nos enzarzaríamos en ella y acabaríamos muertos por asfixia. Su recuerdo vuelve sólo en los raros momentos
de gracia. Esto ocurre cuando algo quebranta la costra de nuestra indiferencia y nos arranca de la monotonía laica,
cuando aumenta la intensidad de la vida en cualquier dirección—«hacia el honor o la muerte, la victoria o el sacrificio,
las bodas o la súplica, la iniciación o la posesión, la purificación o el luto, hacia todo lo que escuece y exige un significado»—. Una experiencia así puede tocar en suerte
a cualquiera, como lo demuestra un maravilloso cuento
irlandés. Un día, san Kevin rezaba arrodillado y con los brazos en cruz en Glendalough, un pueblo del montañoso condado de Wicklow. Al ver al santo sumido en plegarias, un mirlo se posó en uno de los brazos estirados, depositó sus huevos y empezó a hacer el nido, como si de una rama de árbol se tratase. Kevin permaneció inmóvil largas horas, días y semanas sin encoger el brazo, hasta que a los polluelos,
que finalmente salieron de los huevos, les crecieron las
alas. «A despecho del sentido común, quedó fiel a la vida», «unido a ella por una red eterna».
En las vísperas de las fiestas, unas cintas abigarradas aletean
al viento en los senderos y caminos de Polonia. Los niños las atan a las ramas de los árboles y de los arbustos y a la cúspide de las ermitas. También los griegos, hace miles de años, adornaban con cintas el torso de los venced