LA ULTIMA PROMESALos italianos consideran a Dios un compatriota, y mientras camino
por una pendiente de gravilla junto a un viñedo de Chianti, me pregunto
si quizá no tendrán razón. El sol matutino de la Toscana pinta
el paisaje con una paleta distinta al resto del mundo, tiñendo las colinas
y los emparrados de los viñedos de un tono dorado rosáceo y
plateando los olivos en caso contrario parduscos y de hojas lanceoladas,
de tal modo que destellan con la brisa del amanecer como un
banco de arenques.
Es temprano por la mañana, antes de las primeras campanadas
de la torre de la catedral de San Donato, hay silencio, a excepción del
ocasional y lejano disparo de rifles que reverbera por todo el valle
del Valdarno. Los hombres han salido a cazar cinghiale (el jabalí salvaje).
En mis paseos por la campiña no me he topado con ninguno de
ellos, ni cazadores ni animales. Pero oigo los disparos cada mañana,
detonando como las botellas de vino al ser descorchadas, a veces en
mis sueños.
Me he levantado a las cuatro de la madrugada, antes incluso que
los cazadores, y me he quedado tumbado en la cama durante casi una
hora. Luego me he vestido y he salido a andar. Mi mujer está acostumbrada
a que me levante sigilosamente de la cama a cualquier hora
de la noche como un obstetra. Creo que la metáfora es acertada. Las
historias, como los bebés, a menudo no esperan a una hora decente
para nacer. Llevo toda la noche pensando en una historia que se me
ha ocurrido.
Algunas historias se crean como si siguieran un programa, construidas
renglón tras renglón y ladrillo a ladrillo. Hay historias que
nacen de la angustia, arrancadas dolorosamente de la mente de un
autor y volcadas en páginas que, a la larga, son más un vendaje que
papel. Luego están aquellas historias que buscan al escritor, yendo a
la deriva a través del tiempo y el espacio como las semillas de cardo,
hasta que encuentran un suelo fértil en el que aterrizar y echar raíces.
Ésta es una de esas historias. Me encontró durante mi segunda semana
en Italia.
La conocí junto a la piscina de un club italiano llamado Ugolino,
aproximadamente a nueve kilómetros al suroeste de Florencia. Por
su aspecto debía de andar por los treinta, era esbelta, atractiva. Llevaba
puesto un bikini de color melocotón, que resaltaba sobre su piel
bronceada, con un fino pareo cruzado de tonos pastel. Su pelo era
prácticamente moreno con unos cuantos mechones más claros de
color miel, aunque en los cabellos que caían sobre sus hombros el sol
dejaba ver un tono natural de color castaño dorado. En lo primero
que me fijé fue en sus ojos. Eran exóticos y tenían forma de lágrima.
Estaba recostada en una tumbona leyendo un romanzo en rústica
y haciendo lo posible por ignorar el desfile de italianos que pasaban
frente a ella comiéndosela con los ojos y soltando comentarios que
podían entenderse incluso sin conocer el idioma.
Era un día de un calor sofocante. Solleone, lo llamaban los florentinos;
«sol león». La zona de la piscina estaba atestada de niños
que jugaban con gran alboroto en el agua mientras los adultos estaban
echados en las tumbonas de plástico blancas que rodeaban el
perímetro embaldosado de la misma.
Me han contado que son necesarios tres milagros confirmados
para que la Iglesia Católica y Romana lo beatifique a uno. Creo que
encontrar tanto una plaza de aparcamiento en el centro de Florencia
como una tumbona junto a una piscina en verano deberían contarse
entre ellos. Aquel día me sonrió la fortuna. Cuando entré en el recinto
de la piscina, un hombre estaba recogiendo sus cosas, dejando el
único sitio libre. Casualmente, la tumbona estaba al lado de ella.
Después de extender mi toalla a lo largo de la tumbona y de cubrir
mi cuerpo con un protector solar de factor treinta, extraje de
mi bolsa el ordenador portátil y lo encendí. Como la imagen de la
pantalla era demasiado borrosa debido al resplandor del s