EL HIJO DE LA VIDel 9 de octubre de 1895, a cuatro millas de Veracruz, el carguero
Brunel se defendía de un viento huracanado que se empeñaba
en mandarlo a pique. Cuarenta días antes, la nave había salido
del astillero Forge Company, en Liverpool, y su casco de
madera, propulsado por una máquina de vapor de dos cilindros,
albergaba en su interior barricas de rioja. La exportación de vino
se había convertido en un negocio de generosos beneficios. Pero
aunque el origen de la carga era español, no así la mayor parte de
su tripulación. Desde el capitán Cornell hasta el cocinero Pynchon,
pasando por el viejo doctor Edgarton, casi todos eran súbditos
de su Majestad. Aunque también había mexicanos, filipinos,
irlandeses bebedores de whisky y algún estadounidense. Miguel
Moreno, un joven grumete de ojos azules y mirada decidida, era
la única excepción. Había nacido en San Esteban, una pequeña
población de unos tres mil habitantes cerca de Haro, en la Rioja.
Con tan solo quince años había abandonado a su familia para
embarcarse en el puerto de Bilbao con rumbo desconocido. Su
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intención, manifestada a las claras ante quien quisiera oírle, era
regresar a su hogar con dinero suficiente para paliar las penurias
de su familia. La mayoría de los marinos le consideraban un soñador.
Pero el capitán Cornell, con la sabiduría que otorgaban varias
décadas amarrando en puertos distintos, le había pronosticado:
—Llegarás lejos, grumete.
Ahora todo aquello le parecía demasiado remoto. Un manto
grisáceo cubría el cielo mientras las olas zarandeaban las tres mil
toneladas del Brunel. La tripulación en pleno se esforzaba en achicar
las cuatro vías de agua que acababan de brotar en el vientre del
buque. El océano oscuro parecía abrir su boca para engullirlos de
una vez por todas. Solo un milagro podría salvarlos. El carguero
se zarandeaba a reflujo de las olas, mientras las ráfagas de viento
racheado asolaban la cubierta. Se avecinaba la catástrofe.
El piloto trataba de enderezar la rueda del timón, que giraba
con vigor en una dirección y en otra, mientras la nave daba bandazos,
provocando vómitos y mareos incluso entre los marineros
más expertos. La tripulación estaba paralizada por el miedo; nunca
había visto nada igual. El viento arreciaba con más furia y en
medio del pánico y la confusión se presentía que la tempestad
acabaría en zozobra.
De pronto, la nave comenzó a escorarse hacia la izquierda
mientras los gritos y los rostros desencajados se cruzaban dando
tumbos a merced de un destino caprichoso. Las olas se desplomaban
contra la popa y los marinos se empapaban de agua mientras
los mástiles comenzaban a crujir. Los cabos que sujetaban las velas
penduleaban aquí y allá, sueltos, convertidos en armas casi mortí7
feras para cualquier cabeza distraída. Algunos marinos se ataban
con cuerdas a las argollas del puente y, ateridos de frío, veían
cómo el carguero se inclinaba de manera peligrosa hacia las olas
crispadas. El buque parecía un paquidermo agonizante. Se resistía,
pero de un momento a otro se esperaba el vuelco final. En
esas, un marinero fornido y con barba canosa subió de la bodega
gritando:
—¡Hay un boquete de un metro! ¡Hay un boquete de un metro!
A partir de ese momento, todos los tripulantes pensaron que
iban a morir ahogados. Ya no había remedio. Miguel se asomó a
estribor y vio pequeños barriles que escapaban flotando del interior
del carguero. La cosa pintaba muy mal. El viento seguía castigándolos
con fuerza. Al segundo, se oyó un grito horrorizado.
Pynchon el cocinero se asomó para advertir:
—¡La carga de la bodega! ¡La carga se desplaza! ¡Los toneles
están rodando hacia popa!
Desde la planta superior podía oírse cómo rodaban allá abajo.
Los barriles cogían fuerza con cada vaivén y golpeaban con un
ímpetu atroz las paredes del casco. Miguel hizo una señal con la
mano al grumete Frank Haford, un pelirrojo pecoso nacido en