HISTORIA Y CELEBRACION: MEXICO Y SUS CENTENARIOS

La historia es cosa seria. Dicen que la gente vive y muere por

su historia; más cierto es que la gente vive, se desvive y mata, y

que ya entrados en gastos, la historia es una más de las maneras

de dar por zanjado lo inentendible (la vida, la muerte). Pero es

claro que la historia no es cosa de bromas. La disputan y celebran

naciones, Estados, pueblos e individuos. Los gobiernos dictan

leyes para regir su forma y contenido, y es con historia que se

erigen categorías asaz morales como, por decir, «comunidad»,

«etnia», «pueblo», «identidad», «nosotros» y «los otros». Además,

lo que es de la historia, los enigmas del tiempo, por siglos ha preocupado

a filósofos e historiadores, pero seguiremos hablando

de la manía humana de la memoria y el olvido. Eso sí, desde

hace cien años celebrar y salvar memorias es un decreto tan mandamás

como el hábito reciente de pedir perdón o pagar retribuciones

históricas o de hacer justicia con la historia. Son muchos

los milagritos que le colgamos a la túnica de la historia. Pero ¿y

si la historia es un tejido de acertijos mal hilvanados?

Eso: con años de bregar en negocio tan serio, a ratos me ha

parecido que escribir y enseñar historia es como malograr un

buen acertijo. Ora por tener que huir del enigma al no poder

abordarlo con todos los datos en la mano. Ora porque al explicarlo

al detalle el acertijo se desvanece llevándose la incertidumbre

y el desafío. A veces para producir un estudio sesudo

y bien documentado, el historiador guarda en el cajón los

acertijos porque, ¿qué historia puede relatarse dudando de todo

o deteniéndose en los enigmas de cada dato o concepto? Mas

si el historiador no posee un cajón de dudas, ¿qué historia

puede contar? En fin, un verdadero enredo que cada historiador

enfrenta como buenamente puede.

A la par de algunas investigaciones, he ido anotando los

acertijos que me asaltan. Aquí los presento en crudo, en el

único tono posible: ensayos a la vez humorísticos, historiográficos

y literarios que mezclan pasado, presente y futuro.

Son acertijos que se hinchan a lo largo del libro. La primera

parte los enuncia; las otras los habitan con temas específicos y

tratando de no matar las dudas con excesivos circunloquios teóricos

o documentales. Pero confieso que Historia y celebración

mezcla mis experiencias con mis lecturas, porque profeso que

cualquier método es ante todo vivir y leer: lecturas filtradas

por vivencias, vida vivida con lecturas.

Las celebraciones pasadas, presentes y futuras han sido la

ventana historiográfica que he venido explorando en la última

década. Cuando comencé a trabajar la era de los centenarios

(1870-1925) no pensé que estaba por caer la era de los bicentenarios.

Ya estamos aquí. Buen momento para computar qué

hemos aprendido. Como es claro, 2010 es una excelente excusa

para echar a andar estas reflexiones. Espero que el lector perdone

el oportunismo.

Los temas que abordo más que ser de historia de México son

de historia vista desde México. Atienden a la historia en tanto

conocimiento moderno, por ello disertan sobre el cómo recordar

y el cómo contar, sobre el valor ético y político de la historia,

la nación y el Estado (Parte II). Mi tema también es la peculiar

estructura mítica y narrativa de la historia de México que es, por

fuerza, más que mexicana (Parte III). Por tanto, mi ensayar también

toca a Estados Unidos, ese otro acontecer invisible pero

esencial para relatar la historia de «México». Hablo, pues, de los

hacedores de la idea «México, dentro y fuera». Éstos, además de

leer a la nación como una historia más que nacional, son los

motivos centrales de las últimas dos partes de este libro.

En fin, éstas son piezas que tratan de empujar los límites de

la imaginación histórica que habitamos. Por ello son irreverentes

pero, espero, también útiles: ojalá estas reflexiones pongan

sobre la mesa y en entredicho los incuesti