ANIMAL FACTORY

Hace mucho tiempo, un campesino llamado Faustino viajó

del campo a la ciudad para visitar una feria de ganado. Le

habían dicho que allí podría comprar un burro por 2.000

pesetas, con el que reemplazaría al buen Platero, que acababa

de morir después de prestarle excelentes servicios durante

años.

De regreso de la feria, mientras caminaba llevando al

nuevo cuadrúpedo cogido por el ronzal, se encontró con su

amigo Torcuato, al que comentó la preocupación que le iba

carcomiendo desde que inició el trayecto de vuelta:

—¿Cómo es posible que me haya gastado cuatro mil pesetas

en el burro? ¡Exactamente el doble de lo que había

previsto! —le dijo, reflexionando en voz alta.

—Ah, pero ¿el burro no te ha costado dos mil pesetas?

—se sorprendió Torcuato.

—Sí, el burro sí, pero el vendedor me ha dicho que, ya

que me lo quedaba, por lo menos debía comprarle unas

alforjas. Un burro sin alforjas no vale nada. ¿Cómo va a

transportar la carga?

—Me parece lógico —apuntó Torcuato.

—A mí también —asintió Faustino—. Por eso las compré.

Me costaron quinientas pesetas más.

—Dos mil más quinientas no suman cuatro mil —esgrimió

acertadamente Torcuato.

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—Es que después el vendedor me ha hecho ver que también

necesitaría un ronzal para llevarlo, una silla para montarlo,

un saco de pienso para darle de comer, unas campanillas

para adornarlo en los días de fiesta...

—¡Para, para, que me mareo! —cortó Torcuato—. ¿Todo

eso hace falta para un burro?

—Pues parece que sí.

—¿Así que al final has comprado todos esos accesorios?

—Sí —admitió Faustino—. Y menos mal que sólo llevaba

4.000 pesetas encima. Cuando se me ha acabado el dinero

ya no he podido comprar más cosas para el burro.

—O sea, que al final te ha costado el doble de lo que

pensabas.

—Exacto.

—Pero supongo que al menos vuelves contento con todo

lo que tienes, ¿no?

—Sí, pero si alguien me hubiera dicho que me iba a costar

cuatro mil, me lo hubiera pensado dos veces. dos mil me

parecía un buen precio, pero cuatro mil me parece demasiado.

La próxima vez seré más cauto y pensaré también en las

alforjas que acompañan a cualquier cosa que compre.

—Por cierto —se interesó Torcuato—, ¿le has puesto ya

nombre al animal?

—Sí. Lo voy a llamar Alf.

La historia que leerán a continuación trata de los efectos

colaterales, normalmente no previstos, que conlleva cualquier

decisión que se tome, ya sea a nivel individual como a nivel

de organizaciones o empresas. Esas son las alforjas que acompañan

al burro. Los protagonistas de la historia son animales

muy humanizados o, vistos desde otra perspectiva, tal vez se

traten de humanos que simplemente hacen animaladas.

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Sucedió hace no mucho tiempo en un valle muy, muy cercano,

llamado Vallserena. Allí había una granja productiva conocida

como Animal Factory cuyos propietarios, hartos de intentar

sin éxito que fuera un negocio rentable, la habían reconvertido

en una granja turística y zoológica, para lo cual trajeron

animales de todo tipo que convivían en una inusual armonía.

Sin embargo, tampoco lograron rentabilizar la nueva idea y

un buen día se marcharon a la ciudad, abandonando el lugar

y a los animales que lo habitaban. Ese mismo día, todos los

animales de la granja celebraron con júbilo la liberación que

suponía no tener que depender de nadie ni sufrir a unos opresores

que los esclavizaban para aprovecharse de su trabajo y

de sus frutos. Cada uno sintió aquella libertad a su manera: el

buey pensó que ya no tendría que labrar los campos, la gallina

decidió que pondría huevos cuando le diera la gana y los cerdos

creyeron que nunca más sufrirían cuando se acercara la

fiesta de San Martín, una fiesta que, como es lógico, les parecía

horrenda, pues los humanos no dejaban de ellos ni las orejas.

Así pues, todos los animales parecían felices con la nueva

situación y se lanzaron a celebrarlo sin pensar en el futuro.

Pero pasados unos días empezaron los problemas, que llegaron

en forma de hambre, inseguridad y desorden. Hambre

porque se acabaron las provisiones de pienso de los silos, lo

que les permitió descubrir una verdad elemental pero en la que

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no habían reparado hasta entonces: el hombre los esclavizaba,

pero también les daba de comer todos los días, y a algunos en

abundancia. También el agua dejó de brotar como por arte

de magia de las tuberías (se había vaciado el depósito), por lo

que tenían que ir continuamente al río para beber y lavarse.

Inseguridad porque la luz eléctrica dejó de funcionar

(algún espabilado comentó que era debido a un recibo devuelto),

y aunque recuperaron el viejo sistema de encender

antorchas, la luz era tan escasa que de noche entraban

alimañas y depredadores. Debido a la falta de vigilancia

(«casa sin dueño mala es de guardar»), empezaron a invadir

la granja los animales salvajes del bosque: los lobos entraban

y mataban ovejas, algún buitre aparecía y se llevaba

un lechón, los zorros se comían las lechugas… Y así se fue

instalando el animal, animali lupus («el animal es un lobo

para el animal»), con su correspondiente carga de tensión:

los animales de la granja empezaron a encerrarse por la noche,

cada uno en su establo, y a armarse con palos y piedras

para defenderse. Las crías, contagiadas por el temor de sus

mayores, tenían pesadillas cada noche y se despertaban llorando

y gritando.

Así comenzó a reinar el desorden y el caos por todas partes,

pues a los baches que dejaban los topos, que hacían sus

madrigueras donde les apetecía, se añadía la porquería esparcida

por doquier. No funcionaban las letrinas y los animales

dejaban sus desperdicios sin reciclar en cualquier sitio.

Además, los accidentes y encontronazos eran frecuentes,

ya que unos y otros circulaban por los caminos sin respetar

ninguna señal ni prohibición.

—Sí que estamos mal —pensó el Búho al oír quejarse a

otros animales de que aquello era un desastre.

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Analizando la situación se dio cuenta de que la supuesta

buena vida que les esperaba sin amo ni obligaciones había

durado poco. Después de unos días en los que todos se dedicaban

a jugar, retozar y divertirse, empezaron a darse cuenta

de que los humanos hacían algo fundamental: trabajar.

Trabajar para darles de comer, trabajar para organizar las

cosas, trabajar para que todo funcionase.

Lo que más preocupaba al Búho era que casi todos coincidían

en la misma conclusión: «O aquí vuelve el hombre o no

hay nada que hacer. Somos lo que somos, unos animales.»

—Y pensar que hace poco —comentó el Búho a la Lechuza—

celebrábamos con júbilo la marcha del último

opresor… Y ahora, apenas unos meses después, ya estamos

suspirando por los viejos tiempos. Con razón dicen que

«cualquier tiempo pasado fue mejor».

—Parecemos el pueblo judío deambulando por el desierto

con Moisés al frente —dijo la Lechuza, recordando pasajes

de historia bíblica que el Búho, en su calidad de gran

maestro, les había enseñado en la Animal School.

—No podemos rendirnos tan pronto —intervino el Gato,

que rondaba por allí pensativo—. Hay que hacer algo.

El Búho y la Lechuza le miraron sorprendidos.

—¿Tienes alguna idea? —preguntaron al unísono.

—No. El sabio eres tú —dijo sonriente el Gato mirando

al Búho.

—Es verdad, Búho —confirmó la Lechuza—. Tienes que

pensar algo para sacarnos del atolladero.

—Se me ha ocurrido una cosa, pero no sé si funcionará

—musitó el Búho para sí mismo mientras se acariciaba la

barbilla—. Es muy arriesgado.

—¡Si no lo probamos seguro que no funcionará! —ex16

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clamó con simplicidad la Lechuza, que en su momento había

sido una de las alumnas más aventajadas del Búho.

—¿Por dónde empezamos? —se animó el Gato, impulsivo

como siempre, mientras se incorporaba demostrando sus

ganas de actuar.

El Búho lo miró y finalmente se decidió:

—Convoca una Asamblea General en el Establo Central,

mañana a las 11:00.

—¿Orden del día? —quiso saber la Lechuza.

—Quo Vadis Animal Factory —respondió con solemnidad

el Búho.

A diferencia de otras granjas, en Animal Factory casi

todos sabían leer y escribir, sabían lógica y matemáticas,

historia y geografía, nuevas tecnologías (que explicaba la

Lechuza porque al Búho le habían cogido algo mayor), e

incluso algo de latín, lo suficiente para saber que quo vadis

significaba «¿a dónde vas?».