NI PIES NI CABEZA: UNA NOVELA DE PICOLETOS SOBRE EL PATRIOTISMO Y LAS DISTINTAS FORMAS DE LIARSE UN PORROCAPÍTULO UNO
Con la chorra fuera Kiko notó un pinchazo en el bajo vientre y se despertó. Se quitó una legaña del tamaño de una croqueta de esas que ponen en las bodas y con sus ojos de sapo miró a su compañero, que seguía durmiendo en el asiento del conductor. Lo hacía como un bebé. Plácidamente. Y babeando como si estuviera echando los dientes.
Otro pinchazo en la vejiga le recordó que se estaba meando desde que hizo la Primera Comunión.
Fuera del coche helaba, lo normal en plena sierra de Madrid en el mes de enero, y por un momento se planteó hacérselo encima y evitarse la pelona que estaba cayendo. Se abrigó bien y salió del Nissan Patrol sin hacer ruido, antes de que el cerebro enviara la orden equivocada a sus esfínteres.
Comenzó a orinar siguiendo con el chorro la silueta del escudo de la Guardia Civil que había en la puerta del vehículo oficial del Cuerpo, mientras maldecía las cuatro copas de pacharán que se habían soplado después de cenar. Y los dos porros que se habían fumado antes también.
Los dos guardias civiles destinados en Guadarrama se habían dirigido al embalse de La Jarosa en busca de un lugar apartado donde dormir la castaña. Además quedaba mucha noche de servicio por delante y tenían que estar descansados
por lo que pudiera pasar. Eran buenos profesionales. Estaban un poco pedo, pero eran buenos profesionales. Pensaba que el sitio era perfecto para echar una cabezadita y un pis, ajeno a las miradas de los ciudadanos que les pagaban, cuando el manguerazo perdió fuerza y la orina mojó lo que le pareció una mano.
Entonces se dio cuenta de que La Jarosa también era el sitio perfecto para echar un cadáver.
—¡Me cago en la puta! ¡Castro! —Kiko trastabilló y se
cayó de culo.
Castro (así se llamaba su fornido compañero) se despertó
sobresaltado.
—¿Qué pollas pasa?
—¡Despierta, niño! ¡Echa el coche para atrás! Kiko había leído que los masais son capaces de pasar del sueño a la vigilia en apenas unos segundos y estar plenamente dispuestos para el combate. Castro era de Parla.
—¿Qué pasa? ¡Joder! ¿Viene el brigada? ¡Ya nos han colocado!
Me voy a cagar en…
—Que no, joder… Espabila que la hemos cagado. ¡Que aquí debajo hay un muerto!
—¡Jooooooooder! No me jodas que he matado a alguien con el puto Nissan.
—No, leches. Esto ya estaba aquí. ¡Tira «patrás»!
Cuando su compañero por fin se espabiló y consiguió poner la marcha atrás, Kiko descubrió el cuerpo sin vida de lo que parecía un hombre. Hasta esa noche lo más parecido que había visto a un cadáver, era un suicida frustrado que se había tirado a la vía. Pero lo hizo después de pasar el tren y el pobre hombre sólo había conseguido romperse las piernas, así que tampoco tenía mucho con lo que comparar. Pero era evidente que ese cuerpo tenía menos vida que Marte. Lo era porque le faltaban los pies y la cabeza.
Vomitó y entonces pudo comprobar dos cosas:
Una, que no es bueno tomar pacharán después de cenar si hay que salir de servicio, y dos, que todavía tenía la chorra fuera.
CAPÍTULO DOS
Calzoncillos La Española
A las 00.18 horas de la madrugada de aquel lunes de enero de 2007, la patrulla que descubrió el cadáver en el paraje de La Jarosa avisó por el transmisor al puesto de la Guardia Civil de Guadarrama y comunicó la novedad. El guardia que prestaba servicio de puertas fue quien recibió el aviso y tuvo la ingrata tarea de despertar al comandante de puesto, el brigada Morejón.
Morejón era una persona achaparrada y rechoncha que tenía por costumbre irse a descansar temprano. Su cara, redonda como el tapacubos de una rueda, estaba adornada por un espeso bigote negro, bajo el cual dos labios grasientos alternaban resoplidos e improperios contra la persona que había osado despertarle.
Avanzaba por el pasillo de la misma forma que C3PO corre por el desierto, pero en gordo y con la diferencia de que el robot no tenía pelo y el brigada sí. Aunque la verdad, tampoco mucho. Sus manos eran regordetas y estaban rematadas p