LA RELIQUIA VIVIENTE

De las obras de la gran literatura clásica rusa, los Apuntes de un cazador que el lector tiene en sus manos es la que conserva una mayor frescura: nos deja la sensación de tener todavía algo único y novedoso que decirnos, brilla con el fulgor de lo nuevo. Las novelas de Tolstoi se resienten de sus formidables digresiones; a Dostoievski nos parece conocerlo de memoria (sin que sea, claro está, cierto); Chéjov es exacto, preciso, lírico, pero algo en él nos deja fríos. La obra de Turguéniev, especialmente sus novellas y cuentos, se nos antoja llena de una delicadeza única y parece no haber envejecido, parece de hoy mismo. Iván Serguéievich Turguéniev nació el 28 de octubre de 1819 en Oriol, una ciudad no lejana de Moscú, en la provincia de Orlov, y se crió en la hacienda familiar de Spasskoie-Lutovinovo. La madre del autor, que serviría de modelo para algunas de sus despiadadas matronas, poseía cinco mil siervos a quienes aplicaba correctivos con látigo. Su padre, que se había casado por dinero, tenía varias amantes. De una de ellas, una noble de gran belleza, se enamoró un Turguéniev adolescente, lo que se verá reflejado en un encantador pasaje de su célebre Primer amor, de 1869. A pesar de que extraerá gran parte de su futuro material literario de la vida en la hacienda, Iván Turguéniev no tiene una infancia feliz. De adulto llegó a confesar: «No guardo ni un solo recuerdo bueno de mi infancia. Le tenía un miedo mortal a mi madre. Era castigado por cualquier nimiedad».

En la casa se hablaba francés (su madre odiaba todo lo ruso) y Turguéniev niño conoció la literatura rusa gracias a un miembro de la servidumbre doméstica, un siervo que le leía a los rusos del siglo XVIII, a Lomonosov y Karamzin, además de a autores más modernos, como Alexander Pushkin. A la hora de cursar estudios superiores, Turguéniev, que había recibido una educación con tutores privados, se matriculó primero en el viejo Moscú, y un año más tarde se trasladó a la capital del Imperio, San Petersburgo. Al graduarse sintió que su educación estaba incompleta, y entre 1838 y 1843 estudió en el centro científico de Europa, la Universidad de Berlín, donde entró en contacto con el pensamiento occidental (sobre todo, quedó profundamente impresionado por Hegel). Alemania, confesaría años después, le dio la distancia necesaria para entender su patria, atrasada y sometida al poder despótico de la autocracia. Aquellos años fueron definitivos para su formación y, en particular, para su occidentalización. Las novelas que escribiría en su madurez artística llevarían el reflejo de la polémica, que marcó buena parte del siglo XIX ruso, entre los así llamados «occidentalistas » (zapadniki) y los «slavófilos» (slavianofili), quienes, dicho grosso modo, evaluaban de modo divergente las reformas que Pedro I había impuesto a Rusia desde fines del siglo XVIII.

El joven autor se prueba en varios géneros: obras de teatro, reseñas, colaboraciones con importantes revistas de la época. Su primer trabajo de envergadura, de 1843, es el poema largo Parasha, que le valdría el elogio del todo poderoso Vissarión Belinski, el crítico por excelencia de todo el siglo XIX ruso. Turguéniev, sin embargo, no se dedicó todavía a la literatura de manera profesional: ese año ocupó un cargo en el Ministerio del Interior, donde permaneció dos años.

En 1847 escribe el primero de los relatos de los Apuntes (el libro completo vería la luz un poco más tarde), y a partir de los años cincuenta, con una reputación ya en ascenso, publica, en rápida sucesión, varias novelas que se encuentran entre las grandes obras maestras

de la literatura rusa: Rudin, de 1856, Nido de hidalgos, de 1859, En vísperas, de 1860, y Padres e hijos, de 1861. Rudin, el héroe de la novela homónima, responde al tipo de idealista titubeante, una variante del «hombre superfluo» que seis años antes había analizado en su obra

Diario del hombre superfluo: un hombre erudito, capaz de profundas reflexiones y encendidos discursos pe