HOLLYWOOD STATIONHomenaje a Joe
Por James Ellroy
La deuda de los escritores aumenta con el tiempo. Estableces los orígenes de tu oficio. Miras atrás. Reflejas tus lecturas, asimilados tema y estilo, los grandes pesares que te hicieron prometer restitución en papel. Los escritores de crímenes se ponen nostálgicos con el morbo de la cámara de gas y la psicopatía sexual. La madurez obliga a fijar momentos señalados. Vuelves a matricularte en educación criminal.
La mía fue más callejera que la de la mayoría, y pueril a la larga. Fue de puta pena, como estilo de vida. Fue caprichos idiotas. Fue leer libros, leer libros, leer libros.
Los libros eran estrictamente policíacos. Transformaban mi mortificada infancia. Me suministraban transfusiones narrativas. Daban realce y erotismo a mi mundo. Los escritores aparecían y desaparecían. Algunos convirtieron el escapismo en estudio casi formal. Un hombre sirvió de pauta moral y maestro nunca igualado. Esto es para él.
Otoño del setenta y tres. Tenía veinticinco años. Me pateaba L.A. desenfrenadamente, con cautela. Tenía una pinta grotesca.
Medía metro noventa y pesaba sesenta y tres. Tenía el torso en pura pústula. Me alimentaba de fiambre en conserva que robaba, comida rápida que no pagaba, vino Thunderbird y drogas.Dormía en un contenedor de Goodwill1 detrás de un súper Mayfair. Me quedaba estrecho. Un revoltijo de ropa me proporcionaba calor y la mínima comodidad. Vivía al oeste de los bajos fondos y los campamentos generales de perros callejeros. Llevaba encima una navaja de afeitar y me afeitaba en las gasolineras con jabón en polvo del lavabo. Minimizaba la suciedad visible y el mal olor rociándome con las mangueras de los jardines. Vendía mi plasma sanguíneo por cinco dólares la sesión. Vagaba por L.A. De vez en cuando me dejaba caer una temporada por la cárcel del condado. Mangaba revistas guarras y me hacía pajas en el contenedor de Goodwill de mi propiedad.
Era un misántropo menor con una misión. La misión era
LEER. Leía en bibliotecas públicas y en mi contenedor. Leía exclusivamente libros policíacos. Hacía quince años que había entrado en vigor el mandato del estudio del crimen. Mi madre fue asesinada en junio del cincuenta y ocho. Fue un caso sexual sin resolver. Tenía entonces diez años. La muerte de mi madre no me supuso trauma infantil al uso. Odiaba y deseaba a esa mujer. El asesinato fue instilándose en mi currículo mental y me invitaba a una obsesión a jornada completa. La asignatura de estudio era el CRIMEN.
Otoño del setenta y tres. Días cálidos empañados por la contaminación.
Noches de calambres en el contenedor de Goodwill.
Joseph Wambaugh publicó un libro nuevo. Se titulaba El campo
de cebollas. Fue la primera incursión de Wambaugh en la no ficción. Dos rufianes raptan a dos hombres del LAPD. A partir de ahí las cosas se ponen feas. Leí un extracto de prepublicación en una revista. Me quedé medio traspuesto en medio de la biblioteca Hollywood. El extracto era breve. Me dio con la puerta en las narices y me quedé con ganas de más. Se acercaba la fecha de publicación. Dos visitas al banco de sangre me cubrirían el PVP del libro y me quedaría algo para bebida. Vendí el plasma. Me 9 dieron la pasta. Me fundí la susodicha en vinacho T-bird, tabaco y perros calientes. Rabiaba por leer ese libro. Necesidades encontradas y más imperiosas me lo impedían. Todo era contrariedad. La contradicción se apoderó de mí. Las compulsiones químicas de supervivencia luchaban contra la necesidad superior de la lectura. Me coloqué y me fui a Hollywood a dedo. Entré en la librería Pickwick. Me saqué los faldones de la camisa y aproveché mi delgada fisonomía. Me metí un ejemplar de El campo de cebollas en los pantalones y salí por piernas. El destino intercedió… en forma del LAPD. Llegué a la página 80, más o menos. Lecturas diurnas en bancos públicos, lecturas nocturnas en el contenedor. Conocí a los dos polis secuestrados y me cayeron bien. Ian Campbell: condenado a morir jov