LA REINA MARIA CRISTINAIntroducción
Allí, alrededor, se encontraban de pie los miembros de la familia real y los representantes del pueblo español, cosas todas ellas que significaban mucho para María Cristina, imponiéndola mucho al comienzo de su larga y difícil tarea. Sin embargo, cuando todo queda dicho, todas las concesiones están hechas y todas las lealtades están reconocidas, fueron justamente su propia naturaleza recta, sus fuertes creencias religiosas, su incansable sentido del deber y su inagotable capacidad de trabajo y su ausencia de egoísmo los que hicieron posible el exitoso cumplimiento de una de las tareas más difíciles nunca encomendadas a una mujer.
Princesa Pilar de Baviera
El 28 de marzo de 1939, después de tres años de pavorosa guerra civil y un largo y duro asedio, las llamadas tropas del general Franco entraron finalmente en Madrid, tres días antes de que el militar firmase el famoso parte de guerra que dio por concluido el cruento conflicto. Diez turbulentos años habían transcurrido, casi día por día, desde el fallecimiento de la reina María Cristina en palacio. Entre quienes entraron a pie en la capital aquel día se encontraba el general Miguel Ponte, marqués de Bóveda de Limia, amigo de antiguo de don Alfonso XIII y persona absolutamente fiel a la memoria de la monarquía. Difícil comprender la maraña de sentimientos que embargó a aquel hombre en tan emotivos momentos, pero en su mente había un lugar especial reservado para la memoria del monarca exiliado en Roma. Por ello, incluso antes de dirigirse a su propia casa, el general hizo cuanto le fue posible para llegarse de inmediato al monasterio de El Escorial con el objeto de personarse en el panteón de reyes, de cuyo estado apenas si se tenían noticias.1 Así, pocas horas después, una aliviada llamada telefónica comunicaba con el Gran Hotel de Roma, a la atención de don Alfonso XIII, con un único mensaje: . Cuentan que, ese día, el que durante cuarenta y cinco años había sido rey de España, pudo por fin respirar tranquilo al tener noticia de que el cadáver de su madre había sido respetado. Dos años más tarde don Alfonso XIII fallecía en una habitación de ese mismo hotel, el mediodía del 28 de febrero de 1941.
Capítulo I
EL PESO DE UN IMPERIO
Viena es la corte más elegante de Europa.
Káiser Guillermo II de Alemania
La biografía de la reina María Cristina es una historia de adversidades y de coraje jalonada por todo un rosario de dolorosas pérdidas emocionales desde su más temprana infancia. Casi podríamos decir que se trata de una tragedia griega revestida de formas cristianas y que necesita representarse sobre un fondo de palacios y tapices y vestirse con trajes de corte y lujosos ornamentos. Escasamente dotada de atractivos físicos, poco formada políticamente a causa de atávicos prejuicios de género, y siendo una más de las muchas princesas segundonas de la extensa familia imperial de Austria, el notable carácter de su madre, la archiduquesa Isabel, maridado a una fe profunda y a una fuerte ascendencia Habsburgo, la capacitaron para sostener políticamente a una España vacilante durante dieciséis años de Regencia, consiguiendo construir y estructurar una imagen pública y una vida privada, en un tiempo de crecientes tensiones, y también de rápida transformación social, en el que las viejas costumbres aristocráticas caían en desuso en aras de las nuevas e igualitarias formas burguesas. Hija de un antiguo imperio, María Cristina de Habsburgo-Lorena, mujer hogareña y maternal, se vería enfrentada a las mayores dificultades. No obstante, supo conducirse a través de ellas con una prudencia propia de quien se sabe símbolo de una estirpe, la realeza imperial, cuyo cometido fue, tradicionalmente, el representar, guiar y consolar a un pueblo. Ella dio muestras de un comportamiento ejemplar sin perder en el camino el sentido de una misión imbuida de trascendencia y posiblemente dictada por designios más altos, necesariamente revestida de pompa y boato. Por tanto, su f