LA MAQUINA DIFERENCIALTraducción:
Carlos Lacasa Martín
La máquina diferencial
William Gibson
Bruce Sterling
La máquina diferencial
Primera iteración
El ángel de Goliad
Imagen compuesta, codificada ópticamente por el aparato de escolta de la nave área transcanal Lord Brunel: vista aérea de los suburbios de Cherburgo, 14 de octubre de 1905.
Una hacienda, un jardín, un balcón.
Borra las curvas de hierro colado del balcón y quedan expuestas una silla de baño y su ocupante. Los destellos del sol poniente se reflejan en el níquel que compone los radios de las ruedas de la silla.
La ocupante, propietaria de la hacienda, descansa las manos artríticas sobre una manta elaborada en un telar Jacquard.
Esas manos constan de tendones, tejido conjuntivo, hueso. Mediante el quedo proceso del tiempo y la información, las hebras que anidan en el interior de las células humanas se han entretejido hasta formar una mujer. Su nombre es Sybil Gerard.
Bajo ella, en un jardín formal pero descuidado, unas enredaderas peladas se enroscan por los enrejados de madera y los muros encalados. Desde las ventanas abiertas de su sala de recuperación, una brisa cálida le mece el pelo blanco y suelto de la nuca, y con ella trae los olores del humo de carbón, el jazmín y el opio. La atención de la mujer está fija en el cielo, en una silueta de vasta e irresistible elegancia: un metal que a lo largo de su vida ha aprendido a volar. Como avance de esta magnificencia, unos diminutos y estridentes aeroplanos no tripulados se recortan contra el horizonte rojizo.
Como estorninos, piensa Sybil.
Las luces de la nave aérea, sus ventanas cuadradas y doradas, insinúan la calidez humana. Sin esfuerzo, con la incomparable gracia de la función orgánica, imagina allí una música lejana, la música de Londres: el salón de los pasajeros, donde estos beben, donde flirtean, donde acaso bailan.
Los pensamientos llegan desatados, la mente teje sus perspectivas y ensambla significados a partir de emoción y memoria.
Recuerda su vida en Londres. Se recuerda a sí misma, hace tanto tiempo, recorriendo el Strand, abriéndose paso como puede a través del gentío en Temple Bar. Se esfuerza y la ciudad de la memoria se enrosca a su alrededor hasta que, junto a las murallas de Newgate, cae la sombra del ahorcamiento de su padre...
Y la memoria gira, reflejada con la rapidez de la luz, y toma otro derrotero, uno donde siempre es de noche.
Es el 15 de enero de 1855.
Una habitación en el hotel Grand’s, en Piccadilly.
Una de las sillas estaba echada hacia atrás, colocada con precisión bajo el picaporte de cristal tallado de la puerta. Otra seguía cubierta de ropa: un abrigo corto de mujer con flecos, una falda de estameña gruesa cubierta de barro, unos pantalones de hombre a cuadros y un abrigo recortado. Dos formas yacían bajo las sábanas de la cama con dosel de arce laminado;
fuera, atrapado en el puño de hierro del invierno, el Big Ben anunciaba las diez en punto con tonantes y ásperos sonidos deCalíope, el ígneo aliento de carbón de Londres.
Sybil deslizó los pies sobre el lienzo gélido, hacia el calor de la botella de cerámica en su envoltorio de franela. Los dedos de sus pies rozaron la espinilla de él. El toque pareció sacarlo de una profunda meditación. Así era aquel dandi Mick Radley.
Lo había conocido en la academia de baile de Laurent, en Windmill Street. Ahora que sabía cómo era, le parecía más propio de Kellner, en Leicester Square, o incluso de Portland Rooms. Siempre estaba pensando, maquinando, rumiando algo en la cabeza. Era listo, muy listo. Aquello preocupaba a Sybil. Y la señora Winterhalter no lo hubiera aprobado, ya que el manejo de los «caballeros políticos» requería delicadeza y discreción, cualidades que la propia señora Winterhalter consideraba poseer en grado sumo, exactamente lo contrario que sus chicas.
—Deja el putaísmo, Sybil —dijo Mick. Uno de sus pronunciamientos. Su ingeniosa mente había llegado a alguna conclusión.
Sybil le sonrió co